Informe Abril/2013 Nº 147

En el presente editorial haremos una reseña de lo ocurrido en los últimos años con el sector de Ganados y Carnes. 
 
La situación actual de la industria frigorífica es francamente preocupante por dos motivos:
 
1. El atraso cambiario y las retenciones han hecho caer las exportaciones a niveles históricamente decepcionantes, obligando a las empresas preparadas para abastecer los más exigentes mercados mundiales a volcar su actividad al mercado interno -para poder sostener el volumen de faena de equilibrio-, provocando el cierre de 130 establecimientos industriales y el despido de 15.600 trabajadores.
 
2. La falta de controles en el mercado interno por parte de las autoridades nacionales han incrementado la marginalidad de las operaciones. Ha habido un importante estímulo a seudocooperativas de trabajo que generan precarización laboral y agregan marginalidad y competencia desleal a las empresas formales del sector. Esta combinación de factores está generando el crecimiento atípico del volumen de faena de algún operador, lo que nos coloca ante la posibilidad de que se genere un monopolio u oligopolio de faena con destino al mercado interno poniendo en peligro las dos puntas de la cadena (productor y consumidor)  
 
 
¿Qué pasó?
 
A partir de 2005, el crecimiento de la cadena de valor de la carne vacuna comenzó a molestar al gobierno nacional. 
 
De manera racional, desde 2002 en adelante el sector elevó significativamente sus exportaciones aprovechando tres factores principales: 1. La oportunidad que planteaba un mundo cada vez más demandante de proteínas de origen animal (producto de un importante crecimiento del ingreso por habitante, de  la clase media y de la población urbana, en muchos países emergentes (liderados por China)); 2. El proceso de ‘reubicación’ de la producción de las proteínas de origen animal en los países más eficientes, lo que conlleva al crecimiento del intercambio internacional del producto; y 3. El aumento de la competitividad que generó la devaluación del peso.
 
En 2005 las exportaciones de carne vacuna alcanzaron la segunda marca histórica, con 745 mil tn r/c/h (el récord histórico se registró en 1969, con 775 mil tn r/c/h), que equivalieron a 23,8% de la producción total (el récord histórico se marcó en 1972, cuando llegó a 31,4%). Y, lógicamente, como contrapartida de ello, el consumo interno absorbió las restantes 2,39 millones de tn r/c/h y su importancia relativa bajó a 76,2% de la producción total.
 
Asimismo, no está de más recordar que desde siempre Argentina contó con un consumo por habitante de carne vacuna muy elevado en términos absolutos (superior a 60 kg/hab/año) y que sigue siendo el más alto del mundo, así como también que en las últimas décadas en nuestro país se produjeron cambios de precios relativos y de gustos, a partir del desarrollo de las carnes alternativas, como la aviar. De manera que, cualquier plan orientado a expandir la cadena de valor cárnica argentina que pretenda ser exitoso, debe poner el foco en el desarrollo de los mercados externos principalmente. 
 
Y si bien es cierto que se trata de un sector que desintegra un animal para producir múltiples productos y subproductos, algunos de los cuales son más demandados en el país que en el exterior y viceversa, no puede dejarse de lado el hecho de que en la última década creció la demanda externa de casi todos los cortes. 
 
Entonces, más demanda de todos los cortes y la necesidad de recurrir a un proceso biológico (el cual exige retener hembras que podrían formar parte de la faena actual, para preñarlas y producir más terneros), para expandir la oferta total de carne vacuna en el futuro, provocaron dos efectos que el gobierno nacional no estaba dispuesto a tolerar: 1. Aceleración de la tasa de inflación, producto del aumento del precio relativo de la carne vacuna, justamente el bien con mayor ponderación dentro de la canasta de consumo de los hogares de ciudad de Buenos Aires y el Conurbano Bonaerense, en un momento en el que los efectos de la política económica súperexpansiva llevada adelante por Néstor Kirchner comenzaban a asomar; 2. Consecuencias distributivas, que hasta ese momento parecían preocupar al Poder Ejecutivo Nacional.
 
En función de lo expuesto, y sobre todo a partir del último trimestre de 2005 el gobierno nacional comenzó a implementar una política claramente antiganadera, que afectó el normal funcionamiento de la cadena de valor. Entre los efectos más visibles estuvo la caída sistemática de las exportaciones cárnicas, con excepción de lo ocurrido en 2009 cuando la liquidación de existencias y la gran seca que afectó las principales zonas productivas, permitieron elevar transitoriamente los envíos al exterior. Y la política oficial pareció ser exitosa fronteras adentro, debido a que se volcaron volúmenes crecientes de carne vacuna al mercado doméstico, que mantuvo estables los precios de la hacienda y de la carne vacuna, todo producto de la retracción de las exportaciones y del aumento de la producción ‘financiado’ con un persistente y profundo proceso de liquidación de existencias, que se extendió hasta la primavera de 2009.
 
A partir de 2009, el proceso de liquidación de existencias llevó a una caída de la oferta de hacienda y, por lo tanto, a un alza brusca y significativa del precio relativo de la hacienda y de la carne vacuna, que puso en marcha una nueva fase de retención de hembras (los productores, frente a las señales, decidieron retener para elevar la producción de animales a mediano plazo), potenciando la caída de la oferta de hacienda para faenar y la suba de los precios relativos de la hacienda y de la carne. Por supuesto, todo esto generó nuevas medidas sectoriales por parte del gobierno nacional, que profundizaron las distorsiones en el mercado doméstico.
 
Al mismo tiempo, la política macroeconómica resultó ser claramente antiexportación, por tres factores principales: 1. El proceso de inflación alta y creciente elevó las demandas de actualizaciones salariales por parte de los sindicatos, las que fueron apoyadas por el gobierno nacional; 2. El mismo gobierno nacional decidió utilizar a la política cambiaria como ‘ancla’ antiinflacionaria, haciendo que la cotización del dólar en pesos argentinos creciera (mucho) menos que la tasa de inflación ‘real’; 3. El persistente deterioro de los balances de los tres niveles de gobierno (nación, provincias y municipios), si bien por motivos diferentes, provocó un aumento (no coordinado y desmedido) de la presión tributaria efectiva sobre todos los sectores de la economía. 
 
Todo ello hizo que la producción nacional se viera sometida a una importante y continua pérdida de competitividad, que la fue ‘sacando’ del mercado internacional. A tal punto que el precio del kilo vivo (ponderado por su rendimiento) por momentos llegó a ubicarse por encima del precio promedio del kilo de carne pagado en los mercados externos de bajo/mediano valor (mercados de alto volumen).
 
La combinación de una producción en proceso de recuperación con reducidos volúmenes exportables, permitió continuar con el proceso de creciente abastecimiento del mercado interno. En enero-abril de 2013 el consumo interno absorbió 93,6% de la producción total de carne vacuna. Para tener una idea de magnitud, este guarismo fue el segundo más elevado de los últimos 53 años, habiendo sido superado sólo en 2001 y por apenas 0,3 puntos porcentuales.
 
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